Artículo: Juvenal Romero

ZOMBIS CARIBEÑOS. REPRESENTACIONES DE UN SUJETO SUBALTERNO EN MALAS HIERBAS

 

Malas hierbas (2010) es una novela del puertorriqueño Pedro Cabiya (1971) en la que se conjugan en un mismo relato, aparentemente fragmentado, la novela detectivesca, la ciencia ficción y la fantasía. Con una fluidez narrativa excepcional, su autor nos introduce en una narración protagonizada por un zombi caribeño de alta sociedad que, incluso luego de su muerte, sigue ostentando su condición de superioridad social, a tal punto, que pasa desapercibido entre los vivos.

El narrador protagonista se relaciona a lo largo de novela con varios personajes, entre ellos la doctora Isadore Bellamy, quien a su vez establece conexiones con otros personajes, principalmente sujetos subalternos, introduciendo en el relato una pluralidad de voces narrativas. En esta interrelación discursiva quisiera detener la atención de este ensayo y sostener como hipótesis de trabajo que Isadore Bellamy es la voz central de la narración y no el zombi protagonista, puesto que ella logra a través de un discurso transculturador constituirse en portadora de la voz de la colectividad para salvaguardar el acervo cultural en sus diferentes niveles de significación (científico, mítico, etc.), aunándolos en un mismo espacio hermenéutico.

Al respecto, Pedro Cabiya en una entrevista sostiene que “La evolución del zombi en el cine y la literatura es uno de los ejemplos más claros y vivos del sincretismo cultural” (Kerstin Oloff 2012), dispositivo identitario característico de la sociedad latinoamericana y caribeña. Por ello es que toma la imagen de los muertos vivientes para realizar un retrato que defina la condición subalterna de nuestro continente y de sus habitantes. La idea planteada por Cabiya en la cita anterior sobre la metáfora zombi cobra fuerza en el relato cuando el protagonista sostiene que “el caos y la rápida descomposición del aparato social que sobreviene con la aparición de los muertos vivientes, es una metáfora de las tensiones implícitas de un sistema de convivencia multicultural” (Cabiya 95).

Llama la atención que los dos zombis claramente definidos en el relato, pertenezcan a condiciones socioeconómicas diferentes. Por un lado, está el narrador protagonista contándonos su propia historia, incluso después de su muerte y, por otro, Gracieusse, una negra caribeña, que ni en vida puede contar su historia. Se puede ver, a raíz de lo anterior, que la imposibilidad ha marcado siempre la escritura de la historia del sujeto subalterno. Perennemente ha existido una subrayada percepción de que el proyecto de “recobrar al subalterno como sujeto-agente de carne y hueso debe fracasar” (Prakash 2001: 61) y Gracieusse, pareciera ser prueba tangible de esta imposibilidad enunciativa.

El propio zombi protagonista nos menciona las condiciones que hacen de él un sujeto socialmente superior a otros:

Lo primero que debo aclarar es que me veo bastante bien para ser un zombi.                       No soy para nada como esos desdichados que llevan años vestidos con los                             ajados gabanes que tenían puestos el espantoso día en que se despertaron en                       el interior de un féretro. (Cabiya 20).

Siguiendo esta línea, el propio narrador destaca que su familia pudo comprar un ataúd que ha impedido que su cuerpo sea alimento de insectos, gusanos, serpientes, parásitos, al contrario de otros muertos. Su cuerpo, por lo tanto, se mantiene “casi integro”. El protagonista también destaca que su vida es un simulacro perfecto:

 

[…] no solo he podido graduarme con honores en las carreras de                                             Farmacología y Química, sino que en las entrevistas de trabajo quedan                                   fascinados conmigo y me ofrecen villas y castillas para que acepte el empleo                         (¡si supieran que están contratando a una criatura de ultratumba!). (Cabiya                          21).

 

Las clases sociales marcan reglas de convivencia que sobreviven incluso después de la muerte, no existen fronteras para ellas. Una clase social que no es marcada únicamente por el factor económico, sino también por uno racial. El tema de la raza se vislumbra a lo largo de la novela con cierto grado de sutileza, ya que son historias que, a simple vista, parecieran no afectar el desarrollo de los acontecimientos que actúan como hilo conductor del relato.  La figura del segundo zombi, la negra caribeña, se introduce en la narración como parte de los recuerdos de Isadore Bellamy, se mueve en el plano de la memoria (individual y colectiva). En su primera aparición Gracieusse es caracterizada como:

Una congo tan negra que arrojaba destellos azules. Su cabello era un                                       desastre, erizado y descuidado, como si recién hubieran desatado las correas                       que la sujetaban a una sesión de electroshocks. Era bajita, de brazos largos y                       cara ruin. Estaba descalza y cubría su desnudez con una miserable faldita                             amarilla y una vieja blusa rosada. […] Pero lo más terrible eran los ojos:                                 orbes blanqueados que no dejaban de dar vueltas en cuencas desprovistas                           de párpados. (Cabiya 47).

 

La primera caracterización de Gracieusse es realizada por Isadore Bellamy, es decir, por otro sujeto subalterno en el grupo social de Arroyo Manzano, localidad de Santo Domingo que reunía a los exiliados políticos de Haití. La novela retrata a estos exiliados como sujetos industriales e intelectuales contrarios al régimen de Baby Doc. Mulatos que usufructúan de los negros africanos como Gracieusse. Por ejemplo, Adeline, la madre de Valérie, amiga de Isadore, dice:

Gracieusse no come ni duerme. Es bueno, sin embargo, darle un poco de                                agua a veces, una o dos veces por semana, con un puñado de nueces sin sal.                         […]

– Gracieusse cumple exactamente con lo que se le ordena – prosiguió                                       Adeline -, al pie de la letra, aunque la orden ponga en riesgo su propia…                                  existencia. Ella no sabe distinguir. […]

– Gracieusse no tiene apetito sexual. No sabe lo que es el dinero y no le                                   interesa. Gracieusse, de hecho no quiere nada, no sabe nada, no siente                                   nada. Su único objetivo en la vida es hacer lo que se le pide que haga.                                     (Cabiya 48-49)

En este acto de subordinación frente a aquellos que ostentan el poder, Gracieusse se deshumaniza, se vuelve un receptáculo vacío carente de emociones e incapaz de razonar: no distingue ni siente y no posee conciencia de sus acciones. Pero esta deshumanización no es producto simplemente de que sea un zombi, recordemos, el protagonista de la novela también lo es, pero a diferencia de Gracieusse él es blanco, es hombre, es de clase acomodada, es un zombi capaz de mezclarse entre los humanos, es uno capaz de seducir y enamorar a tres mujeres: Piensa, razona, incluso en algún momento es capaz de sentir (aunque no tenga claro que está sintiendo), Gracieusse en su condición de subalterna, incluso antes de morir, ya ha sido despojada de todos estos atributos.

A pesar de esta condición subalterna, es interesante observar cómo Gracieusse mantiene su nombre propio durante toda la narración, cada vez que ella aparece, ya sea convertida en zombi ya sea en su niñez como amiga de Sandrine Bellamy, es nombrada y a través de este acto de enunciación se mantienen latentes rasgos identitarios en ella; rasgos que el otro zombi, a pesar de su condición socioeconómica y su capacidad de interactuar con los humanos, no es capaz de mantener. La aparente deshumanización de Gracieusse y el simulacro de humanidad del zombi protagonista invierten su sentido de dependencia cuando ella, el sujeto femenino, pobre y negro (género, clase y raza) resiste a la subordinación total manteniendo su nombre: su esencia, su qualia no desaparece completamente, tal vez porque para Gracieusse su subalternidad siempre ha sido su espacio, su silencio siempre ha sido su palabra.

Luego de examinar a los dos muertos vivientes que habitan el mundo narrado, profundizaré en la hipótesis planteada al inicio de este ensayo. Para ello, considero necesario introducir la siguiente cita de la novela:

                     [Mi dominio del creole deja mucho que desear. La narración que sigue                           ha perdido, a causa de mi ineptitud, los matices y peculiaridades                                    regionales del habla de mi prima segunda, Sandrine Bellamy. No soy                              traductora. He vertido su historia a las palabras y frases con las que                                estoy familiarizada; no me tentó el rigor. Advierto, sin embargo, que la                          aparente erudición de su narrativa no es contribución mía. Sandrine es                        cabeza de aldea, un rango que solo ocupan los que, desde jóvenes,                                    demuestran habilidad para el discurso, gran erudición y riqueza léxica.                        Son la memoria de los pueblos]. (Cabiya 81) (el uso de la negrita es parte del                       texto original)

Esta nota introductoria funciona como un puente discursivo que permite conectar el universo empírico representado en el relato por la doctora Isadore Bellamy con el mundo mítico encarnado por su prima segunda Sandrine Bellamy. Acá entran en contacto dos temporalidades dispares: primero, aquel universo fáctico validado por la ciencia y, segundo, el universo mítico aceptado por la creencia popular. Acá es posible advertir el papel que cumple la doctora Bellamy como continuadora de una tradición (o más de una), pero al mismo tiempo como instauradora de una nueva tradición que equipara formas de acceder al conocimiento que durante generaciones han pertenecido a registros que transitan por universos paralelos. El propio Cabiya al referirse a este personaje sostiene que “Isadore entiende que el mundo es una enciclopedia, incluso un alfabeto en el que están cifrados los misterios del cosmos” (Kerstin Oloff 2012) y que para descifrarlo, es necesario acceder a todas las formas posibles de conocimiento que el propio cosmos nos entregue, es decir, a la información de diversos archivos culturales.

Isadore, a lo largo de su vida, entra en contacto con diferentes realidades y contextos socio-culturales. Por ejemplo, cuando niña tiene acceso a un entorno que no es el propio. Al respecto narra:

[…] yo, hija de inmigrantes que compartían con ellos la misma nacionalidad,                        pero no la misma clase social, que es lo mismo que decir el mismo color de                          piel. […] Ella era mulata clara, de tez alimonada, ojos verdes y cabello grifo                          tenaz. Yo, etíope inconfundible. (Cabiya 39)

Este contacto con otra capa social es resultado de la interacción que los niños tenían en el colegio le permite a Isadore tener el primer acercamiento con un zombi, aun cuando ella no sabe claramente cuál es la real situación que afecta a Gracieusse.

Posteriormente en su juventud al salir del caribe y viajar a Estados Unidos para doctorarse, se puede observar cómo la futura doctora se nutre de otras experiencias de interacción social. Al respecto la narradora observa:

Solicité ingreso a escuela graduada en varias universidades de Estados                                   Unidos. Me admitieron en casi todas. Elegí una y me fui. […] Asistí a clases                             que no pertenecían a mi pensum: piscología, neurología cognitiva, ciencias                           del comportamiento… […] me atreví a incursionar en la Facultad de                                         Humanidades y me matriculé en clases de sociología de la religión,                                         antropología social, arqueología, medicina étnica… (Cabiya 71)

Solo en este ejercicio de salir de su tierra es capaz de reconocerla y reconocerse como parte íntegra de ella.  Isadore, en su calidad de narradora, destaca como un hito fundamental en su formación académica un curso de etnobotánica en el cual “lo aprendido durante esos años tomó forma y engarzó entre sí mostrándome la perfección de un diseño inmemorial en el que todo y todos participamos de una misma sustancia… El mundo, la realidad es una estructura manipulable” (Cabiya 71).

Para dotar de sentido ciertas experiencias de las que ha sido testigo, Isadore Bellamy, recurre a la etnobotánica, pues a través de las hierbas, podrá significar esa parte de la realidad que la ciencia no le está permitiendo.

Gracias a su padre la doctora llega al pueblo de sus abuelos donde se encuentra con Sandrine, prima lejana de ella y prima hermana de su padre. El propósito inicial de este viaje es poder recolectar hierbas que le permitan avanzar en sus investigaciones sobre etnobotánica, principalmente, para descubrir la composición del polvo de zombi. Pero ya en contacto con su prima el mito del origen de su pueblo y de los zombis se revela para ella.

Con un tono íntimo, autobiográfico, Sandrine relata parte de su experiencia personal vivida en el pueblo, pero dotada de una autoridad que posee al ser “cabeza de aldea” de la comunidad. Isadore organiza estos relatos en su scrapbook. Por ejemplo, cuando su prima y su padre, todavía siendo niños, se ven enfrentados a la transformación de Gracieusse en zombi. La narración de cómo Sandrine y el padre de Isadore experimentan la pérdida de su amiga en manos de los cajuileros, y la descripción que de éstos hace la prima de la doctora Bellamy, permiten establecer inmediatamente una relación con la experiencia vivida por Isadore en su infancia al ver a la empleada de los padres de Valérie, quien además tenía el mismo nombre que la amiga de Sandrine, y que compartía con los cajuileros una característica indescifrable: “la inexpresividad de sus ojos, su incapacidad de “ser yo”, es decir, de reflejar nuestra emoción principal como sostiene la doctora” (Cabiya 69).

Además de las situaciones familiares que se conectan con la experiencia zombi, el scrapbook de la doctora Bellamy recupera los mitos que oye a través de la voz de su prima. Por ejemplo, el mito del origen de su comunidad, inevitablemente conectado con el origen de los zombis. En el capítulo “La citadelle” se introduce el elemento mítico central de la narración, mas no es un origen temporalmente alejado del presente en que Sandrine le narra la historia a su prima. Papá Vincent forma parte de este mito y, además, se hace referencia directa a los “hechiceros amigos del régimen” de Papá Doc (recordemos que la infancia de Isadore en Arroyo Manzano es en tiempos del régimen de Baby Doc, hijo de Papá Doc). Si bien este dato puede pasar desapercibido en la novela, resulta relevante, pues la aparición del zombi está condicionada por una situación social y política concreta y adversa para los sujetos que son zombificados. Cobra sentido así, la metáfora del zombi caribeño, explicada por Cabiya en una entrevista de la siguiente forma:

El zombi original es una criatura mágica, un esclavo fabricado a través de                            un rito mágico-religioso. La condición zombi, en la tradición original de la                            isla de La Española, no puede transmitirse a los seres vivos de manera                                    casual. El zombi caribeño es el producto de un complejo ritual hecho para                            trabajar sin pensar (un proletario perfecto) y es incapaz de legar su estado a                        otros. (Kerstin Oloff 2012)

El mito sobre el origen que Sandrine escuchó y aprendió de papá Vincent (ya que también fue cabeza de aldea) y que ella oralmente transmitió a Isadore, y que ésta perpetuó en su álbum (trasladando el mito de la oralidad a la escritura), explica el origen de dos poblados. Uno de ellos bajo la cabeza de papá Vincent y el otro dirigido por Placide:

Y papá Vincent notó que Placide ya no era ni optimista ni bonachón ni bien                         parecido. […]

Pero papá Vincent quería sembrar maní, y Placide quería sembrar cajuil. […]                       Y como no pudieron llegar a un acuerdo, se repartieron los regalos                                          infernales: Placide se quedó con la receta y papá Vincent con la arena, amén                       de que cada uno retuvo la semilla de la cepa sobrenatural con la que habrían                       de fundar sus respectivos pueblos en sendas orillas del río. Nunca más                                   volvieron a hablarse. (Cabiya 205).

Aun cuando la transcripción de Isadore no conserve las características lingüísticas del creole, su papel de traductora inscribe a su pueblo en el discurso de la modernidad. Isadore se constituye de este modo de un “cabeza de aldea moderno” en diálogo permanente con otras culturas y con otras estructuras textuales que funcionan como soporte de la memoria colectiva.

Isadore es una especie de escribano contemporáneo que perpetúa la memoria colectiva a través del recurso de la escritura, pero sin validar el carácter “fetichista” de ésta, utilizo la comilla, pues pienso que el ejercicio escritural de Isadore efectivamente inscribe la voz de su pueblo en la modernidad, los visibiliza como sujetos postcoloniales bajo un control metropolitano de dependencia, pero igualmente busca equiparar las voces, dotarlas de significancia independiente de su naturaleza. Y en ese sentido creo que ella es un sujeto transculturador pues incorpora en esta escritura dominante criterios de selectividad e invención propios de la plasticidad cultural característica de la transculturación narrativa propuesta por Ángel Rama.

Aun cuando el personaje protagónico de la novela no es Isadore Bellamy he querido centrar el análisis de este ensayo en ella, pues es el personaje que logra hacer dialogar las diferentes voces que afloran en la estructura narrativa de la novela. Sin el trabajo investigativo de la doctora estos discursos tan disímiles unos de otros, no se encausarían en una misma dirección discursiva. Isadore recupera la voz de su prima Sandrine Bellamy y la lleva al archivo de lo escrito, la arranca del plano mítico para dejarla como registro en el plano de lo fáctico, de lo empírico, de lo que sirve como prueba objetivable de la realidad. Pero en este ejercicio lo empírico se infecta de lo mítico y, se cae en un caos enunciativo que mantiene la narración en un linde constante entre realidad y ficción.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Beverley, John. Subalternidad y representación. Madrid: Iberoamericana, 2004.

Cabiya, Pedro. Malas Hierbas. Nueva York: Zemi Book, 2010.

Kerstin Oloff, Durham. “Lo humano es una historia, un cuento de hadas”. Entrevista a Pedro Cabiya. La habana elegante. Disponible en: http://www.habanaelegante.com/Spring_Summer_2012/Entrevista_Oloff.html

Kerstin Oloff, Durham. “Una mirada ecológica del zombi: gótico caribeño, ecología-mundo, y degradación socioecológica”. Revista Badebec VOL. 3 N° 6 (2014): 298-320.

Prakash, Gyan. “La imposibilidad de la historia subalterna” en Convergencia de tiempos, edt. Iliana Rodríguez. Atlanta: Editions Rodopi, 2001.

Rama, Ángel. Transculturación narrativa en América Latina. 1982. Buenos Aires: Ediciones El Andariego, 2008.

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Juvenal Romero

(Chile , 1981)

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Juvenal Romero Pérez es profesor de Castellano de la Universidad Católica Silva Henriquez, magíster en Literatura de la Universidad de Santiago de Chile y es actualmente estudiante de Doctorado de la Universidad de Chile. Es parte del equipo editorial de Revista Telescopio.

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