Cuento: Beda Estrada

La casulla

[Un amigo sacerdote me contó un relato que, a su vez, oyó de otros sacerdotes en una reunión. Porque también ellos se reúnen, pues son como cualquier hombre y como a cualquiera también le ocurren cosas. El relato en cuestión era la exhumación de uno de sus colegas después de años de haber estado sepultado y cuyo cadáver, al abrir el ataúd, encontraron completamente intacto, pero, al estar en contacto con el aire, se fue volviendo, poco a poco, polvo, él y su vestimenta. La siguiente historia, que tiene algo de semejante, también la oí por ahí, de boca de alguien que ya no recuerdo.]

—¡Vanidad de Vanidades!, dice la Escritura —predicaba el párroco de un poblado campestre, del cual no diremos el nombre para no mancillar su memoria, ya de por sí, resquebrajada entre sus feligreses.

Era un sacerdote joven que por muchos años había ejercido como vicario de un anciano párroco. Aquel anciano, en vida, se caracterizó por su suma severidad, no admitiendo la más mínima disipación dentro de sus “dominios”. Por muchos años había inculcado en su joven vicario la más estricta disciplina. Era de esperarse que, a su muerte, el vicario siguiera su misma doctrina. 

El joven sacerdote, después de predicar y de restregarles en la cara el por siempre: Vanidad de vanidades, desapareció detrás de la sacristía. Se dirigió a un lavabo y se mojó el rostro, pues el calor de la prédica y el vaho de su redil le habían desquiciado sus nervios haciéndole brotar gotas de sudor en cada uno de los poros de su cuerpo. 

—¡Estoy harto! —se oyó a sí mismo exclamar.

Luego de quitarse las vestimentas litúrgicas, salió dando grandes zancadas hacia la parte trasera de la iglesia. Allí pasó al lado de la tumba de su predecesor. La miró de soslayo y se limitó a gruñir con desprecio. 

Aquel episodio no hubiese tenido trascendencia sino hubiese sido por los acontecimientos que, en el transcurso de los días, se fueron sucediendo unos tras otros. 

Por la mañana, el párroco recibió una carta de una feligresa que deseaba rezar al sacerdote difunto para que le concediera unos favores de parte de Dios. El joven sacerdote pensó que era un absurdo. Y le contestó que por ningún motivo él podía aprobar aquello, pero que, de todos modos, solo el obispo podía autorizar lo que ella pedía. En el fondo, él no quería saber nada de un asunto sobre santidad de su severo predecesor. 

Al día siguiente el joven párroco estaba por almorzar cuando su secretaria dejó sobre su mesa un manojo de cartas. El pedido de elevar a santidad al anterior párroco iba en aumento. Ciertamente, que, la sola idea, le fue tan intolerable que su almuerzo se vio reducido a una sopa aguada que pronto se vio en la necesidad de expulsar. 

Tomó la decisión de escribirle al obispo para que detuviera toda esa manifestación de piedad “excesiva”. Pero, apenas cerró la carta, lo llamaron por teléfono. Era el mismísimo obispo. 

Al oír de quién se trataba, arrugó la carta y la arrojó al fuego de la chimenea.

—Ya no será necesario —se dijo, pensando en que con una sola explicación al obispo todo quedaría en nada.

Pero, al hablar con su superior, lo que quedó en nada fueron sus propias intenciones. Ya que éste le pedía que pusiera todo su empeño y colaboración en los rigurosos y extensivos pasos legales para elevar la causa de santidad de su predecesor de “venerable memoria”, fueron las palabras del obispo. 

—¡Eso era lo que me faltaba! —exclamó el joven párroco dejando caer el auricular del teléfono con todas sus fuerzas, haciendo que éste saltara sobre la carcasa del aparato de comunicación.

Pocos días después, él estaba contestando preguntas frente a un grupo de especialistas eruditos en santidad, y fue viendo el ir y venir de feligreses en su oficina. 

En las sucesivas noches no podía dormir. Se desvelaba, caminaba por los oscuros y frío pasillos de la casa parroquial y de vez en cuando se tomaba alguna copa de oporto, que su antiguo predecesor no había tocado en toda su vida. 

Esto se fue repitiendo día tras día, hasta que llegó el momento tan esperado por todos, la exhumación del cadáver de su querido párroco.

Era un atardecer, las autoridades habían decidido que sería en una hora en que muy pocos podrían inmiscuirse en tan delicado asunto. El cementerio debía estar cerrado a las miradas de los curiosos impertinente, solo algunos escogidos estarían presentes como testigos para cuando se abriera la tumba. 

El sol ya teñía el cielo de rojo y el párroco se ajustaba su abrigo, no pudo excusarse de presenciar el proceso, le fue inevitable. Incluso, había alegado que debía estar en una ceremonia imponderable.

—No hay imponderables frente a la santidad, hijo —contestó el obispo, negándole su permiso para ausentarse.

Y allí estaba, parado al borde de la sepultura, mientras el cielo de rojo pasaba a un color morado.   

“Ya verán cómo los gusanos aún recorren su cuerpo, y hasta ahí llegará su devoción”, el joven párroco iba pensando una y otra vez mientras las palas amontonaban la tierra a un costado de la sepultura. 

El párroco comenzaba a llevarse instintivamente las manos hacia su nariz, pues tenía la sensación de que, en cualquier instante, tras una pala más, el hedor los cubriría y se les pegaría como el hollín en la chimenea.  

—¡Hemos llegado al ataúd! —informó uno de los sepultureros. 

El párroco se sorprendió, porque todavía no sentía olor alguno. “Debe ser el frío que neutraliza el hedor”, pensó frotándose las manos.

Los sepultureros, ayudados por un par de hombres que estaban como testigos, subieron el ataúd y lo depositaron reverentemente sobre la tierra húmeda. El oficial a cargo del proceso se acercó a la tapa del ataúd y pidió que le alumbraran con las linternas para comprobar su contenido.

—Padre, por favor, acérquese también usted —el oficial pidió al párroco. 

“Tener que verlo tantos años en vida y luego tener que verlo después de estar enterrado, ¡es el colmo!”, se dijo para sí, mientras el obispo también se acercaba con visible curiosidad.

Con ayuda de unos ganchos abrieron la tapa. Y el hedor, no apareció. Lo que sí apareció fue el cadáver de un sacerdote anciano, enjuto, completamente intacto, como si recién él se hubiese ido a descansar sobre una cómoda cama. Pero lo que lo distinguía de eso, era que llevaba puestas sus vestimentas sacerdotales, como correspondía al rito de enterrar a un sacerdote. 

El joven párroco quedó con la boca abierta, no podía creer lo que veían sus ojos. El cuerpo de su predecesor estaba incorrupto, ni siquiera tenía el olor propio de quienes yacen bajo tierra. 

El obispo irradiaba sorpresiva admiración. Y los testigos observaban acercando sus cabezas sobre el féretro sin dar crédito a sus ojos. El oficial se puso a tomar notas e, incluso, se atrevió a tocar las manos del difunto. Las que, rígidamente juntas en actitud de oración, parecían que aún tenían sangre corriendo por sus venas azuladas. 

El párroco después de cerrar su boca y volver en sí, vio algo más que llamó su atención. Pero, cualquier comentario que podía escapársele, se lo calló. 

El ataúd con el cadáver fue trasladado al interior de la cripta de la iglesia, una capilla pequeña que estaba bajo el altar mayor. Después, cerraron la puerta con una cadena y un candado, y le entregaron la llave al párroco.

El obispo invitó a todos los presentes a una copa en el único bar del pueblo. Todos aceptaron encantados. 

Sin embargo, el párroco declinó la invitación aduciendo un gran cansancio y, con la llave de la cripta entre sus manos, fue viendo como el obispo, el oficial, los testigos y los sepultureros iban retirándose bajo un cielo nocturno visiblemente admirados de lo que habían presenciado. Después, él se retiró a sus aposentos en la casa parroquial pensando que del bar se divulgaría la gran noticia como un incendio en un día de verano.  

Como ya se le había formado una costumbre, una, por cierto, muy desagradable costumbre, no pudo dormir. Se removía en su cama y las sábanas se le enredaban, cosa que le enfurecía. Pues, las sábanas eran como una prolongación de lo que pasaba en su cabeza. Una maraña de pensamientos se formaba en su mente, y todos ellos, lejos de concentrarse en el extraordinario hallazgo, se dirigían a un solo objeto. 

El párroco miró la hora, faltaban quince minutos para las dos de la madrugada. Se levantó y volvió a vestirse. Tomó la llave, aquella que habían dejado en sus manos luego de cerrar el candado de la cripta, y se dirigió a ésta. 

Ni siquiera el frío de la madrugada disipaba una idea fija que se había clavado en su mente. 

Abrió el candado y lo liberó de la cadena. La cual, resbalando de sus manos, cayó al suelo de piedra. Al punto se oyó un estruendoso ruido que reverberó en las paredes del templo. “Los ruidos nocturnos siempre parecen intimidantes”, pensó el párroco observando a su alrededor. 

El párroco bajó las escaleras que conducían al centro de la cripta. Allí estaba el ataúd abierto. Encendió una lámpara que emitía una débil luminosidad. Se acercó al ataúd. 

—¿Cómo han podido sepultarte con esa casulla? —preguntó el párroco—. Es la mejor que tenemos. ¡Qué estúpido descuido! 

Y, como embriagado por un elixir que le obnubilaba la vista a todo tipo de escrúpulo, se decidió a despojar el cadáver de la casulla. Lo primero que pensó hacer era separar las manos orantes. Pero, al ir a hacerlo, titubeó por unos segundos. Creyó advertir la mirada escrutadora del miedo. Sin embargo, el recuerdo de los muchos muertos que le había tocado presenciar durante su ministerio, le infundió el ánimo necesario para continuar. Con manos temblorosas logró dejar los brazos a los costados. Luego, levantó la casulla. Y, entonces, vino la parte más trabajosa, pasar la cabeza por el cuello de la casulla. Puso su brazo bajo la cabeza del cadáver y, con gran esfuerzo, la levantó, mientras su otra mano se ocupaba en pasar la casulla delante del rostro. Por un minuto, llegó a pensar que la nariz ganchuda del difunto le impediría llevar acabo la labor, pero obtuvo el éxito después de dos tirones rápidos hacia arriba.  

—Demasiado pesado para un muerto flaco —comentó el párroco tomando aliento.   

Por último, había que quitar la parte de atrás de la casulla. Eso lo pudo hacer tomando los bordes de la vestimenta y dando tirones suaves, pero a la vez enérgicos. Al final, dejó al descubierto el cadáver vestido con alba, la que estaba amarrada con el cíngulo.  

Frente a sus ojos contempló el producto de su esfuerzo. Brillaban ante sus vistas las piedras multicolores incrustadas en la tela bordada en oro y plata, cuyo forro era un terciopelo dorado. 

—Esto tendrá un mejor uso que el que se le puede dar a un muerto —comentó.

Dejó la casulla a los pies del difunto y, ahora más seguro de sí, volvió a juntar las manos del párroco, dejándolas en la sumisa actitud de oración.  

—¿Quién se dará cuenta? —dijo.

Luego, tomó la casulla e iba a salir de la cripta, pero el recuerdo de una frase cruzó por su mente: Vanidad de vanidades, todo es vanidad

—¡Ja! —rió, y, extendiendo la casulla sobre el mismo féretro, se vistió con ella. 

“La casulla me sienta muy bien, muy bien”, pensaba mientras pasaba sus manos, con profundo placer, por encima de ella. 

Pero, poco a poco, comenzó a sentir un cosquilleo recorriendo su espalda. El cosquilleo parecía ser producido por algo sinuosamente frío. Lo que le hizo experimentar un escalofrío desagradable, haciendo trasladar el cosquilleo a su cuello. La piel de su frente se tensó. 

Sin poder evitarlo, los latidos de su corazón fueron aumentando en intensidad, llegando a oírlos retumbar en las paredes grises de la cripta. Algo dio vueltas a su alrededor, algo indescriptible. Un susurro quemante, gélido y cortante como el hielo palpó sus oídos… Un grito escapó de sus labios.  

Apenas el sol se levantó sobre el horizonte, el obispo llamó a la puerta de la casa del párroco, le urgía tratar con él sobre las etapas que debían seguir para ordenar la devoción popular. Pero nadie fue abrir. Entonces, observó hacia la iglesia y vio que la puerta estaba abierta y dirigió sus pasos hacia el templo. 

Dentro de la iglesia no había nadie a la vista. Llamó al párroco, pero no obtuvo respuesta. Avanzó por el centro de la nave y vio que la puerta que conducía a la cripta estaba abierta. 

El obispo casi tropieza con la cadena y el candado que estaban en el suelo. Bajó las escaleras, y al llegar al último peldaño y observar el centro de la cripta, estuvo tentado a dar un paso atrás. 

Por un ventanuco, en la parte alta del muro, entraba un rayo de luz. El cual caía sobre uno de los brazos del párroco venerable que reposaba en su lecho mortuorio. Pero el prelado notó que, precisamente, ese brazo estaba fuera del ataúd y la mano rígida estaba indicando algo más allá. 

El obispo siguió la dirección que indicaba la mano y encontró en un rincón, casi oculto por las sombras, al joven párroco. Éste yacía en el suelo boca abajo. Sin embargo, su rostro, desencajado y bañado en sangre, estaba dirigiendo una mirada aterradora hacia la entrada de la cripta. Un charco de sangre se había esparcido alrededor de su cabeza, casi separada del cuello, llegando a empapar la casulla ricamente adornada que el obispo vio que llevaba puesta.

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Beda Estrada (Chile, 1979)

fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics. Email:bestrada@osb-lascondes.cl

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