Cuento: Francisco Rojas Vasquez

Todo va a estar bien

Por debajo de la puerta se asomaba una hoja que tenía impresa en letras mayúsculas “GASTOS COMUNES”. Entre los detalles de la cuenta, se encuentra, el saldo anterior y el por pagar. Sobre ésta avanza lentamente una hormiga, como si palpara la textura de las letras impresas. En el piso del living estaban desparramadas hojas de oficio, colillas de cigarros y unos calcetines envueltos en una frazada. Los rayos del sol que entraban por el balcón iluminaban un reloj de pulsera que yacía entre medio de unos cojines sobre el sillón. Desde el baño, se escuchaba como la ducha se interrumpía; al parecer había problemas con el calefón desde hace meses y, por el momento, el presupuesto no alcanzaba para ese tipo de reparaciones. Ya llevaba más de dos meses sin trabajo, pero el oprobio que sentía hacia sí mismo, lo obligaba a no contarle la verdad a Lizzette, quien desde la cama y sin haber pegado un ojo por la preocupación que sentía, se palpaba con la yema de los dedos su barriga, buscando una especie de distractor. Ya no había dinero ni para llegar a mitad de mes, aunque José le decía lo contrario, ella se reservaba todos los días unos minutos para entrar a su vieja laptop que crujía al abrirse, intentando sin éxito reordenar los números de una planilla de Excel que no arrojaba más que cifras en negativo; a esa altura ya le debían a todo el mundo cantidades de dinero que parecían competir entre ellas por quién tenía más ceros. Tras varios aplazamientos las deudas parecían copos de nieve que se acumulaban en las faldas de un muñeco que no paraba de crecer. Pero ella algo sospechaba, todas noches escuchaba llenar el vaso por lo menos un par de veces mientras él se tumbaba en el sillón. Todas las mañanas, puntual a las seis treinta, sentía correr la cortina del baño y el ritmo interrumpido de la ducha. Lo escuchaba toser cada vez más; era julio y él no paraba de fumar y beber, y la irrupción de aquel silencio más la sumergía en un estado de tensión. ¿Quién era capaz de imaginar que hace unos meses se le escuchaba silbar y tararear canciones mientras se preparaba para ir a trabajar? Se sentían sus pasos lentos desde el dormitorio al baño y luego a la cocina. La tetera silbaba dando aviso que estaba lista el agua. Se ajustaba el único cinturón que se había comprado en cinco años, con marcas ya sentenciadas de la hebilla en el cuero, mientras el vapor que salía de la cocina lo atraía hacia la manilla oxidada de la despensa que alguna vez lució un tono pastel celeste, el que había desaparecido con la humedad. Sacó un tarro de café al que le quedaba menos de la mitad; era quincena de mes y debía hacerlo durar. Había días en que prefería no tomar nada y salir luego de ahí. Bajo el sillón, buscaba ambas puntas de sus zapatos desgastados, llenaba de papeles la mochila y se despedía de ella con un beso en la frente. 

Ella se hacía la dormida y apenas podía disimular una mueca cuando él la besaba.
En una ocasión, los dolores en su panza no la dejaron dormir, y al mirar al lado notó que José nuevamente no había pasado la noche. Apoyada en las raídas paredes avanzó hacia el living y ahí lo pilló, envuelto en una frazada y durmiendo. Se tapó con la palma de la mano la boca y la nariz al sentir aquel hedor de quien ha bebido toda la noche. Como cada día, lo sintió deslizarse pesadamente por el piso flotante, correr la cortina del baño, abrir el agua caliente mientras la tetera comenzaba a sonar. Una vez fuera, ella abrió los ojos y esta vez, con un poco más de agilidad salió de la cama y se dirigió al living. Deslizó sus dedos suavemente para abrir las cortinas de la ventana que daba a la calle, mientras en su mente rogaba para que él no se diera cuenta que ella lo estaba mirando. José caminaba lentamente mirando el piso. Ella se aferraba a su piyama, mientras él transitaba con la vista perdida, entre el humo del escape de las micros y las risas de unos niños. Entonces sintió una puntada, la de una certeza, una triste, helada y amarga novedad. 

El recuerdo estaba fresco de aquella época reciente en que ambos trabajaban y salían juntos cada mañana, comentando las noticias o poniéndose de acuerdo, entre besos con gusto a mermelada, en sí a la noche pedirían pizza o sushi. Era aquel paradero, el tercero, donde acostumbraban a esperar la micro que pasaba exactamente a las siete y treinta todos los días. Y cada paso suyo la intrigaba, él estaba próximo al primer paradero, donde un escolar con una cartulina azul, una enfermera y una anciana sentada y apoyada en un bastón esperaban que pasara la micro. Ella se mordía una uña de los nervios, que le dejaba rastros de esmalte rojo entre los dientes y como él ya se había alejado unos metros, se acercó un poco más a la ventana para tener mayor precisión y mejor panorama de hacia dónde se dirigía. Mientras José dejaba atrás el segundo paradero su pecho se cerró y ella comenzó a agitarse. Quizás por simple biología, él bebe comenzó a moverse al interior de ella. Si todo estaba bien, José debía detenerse en el tercer paradero y esperar la micro; si hubiese tenido que ir a algún lado diferente se lo habría comentado, pese a que últimamente poco o nada intercambiaban palabras cuando él llegaba por las tardes con la vista perdida al departamento, y una botella de whisky al interior de su maletín. La agitación se trasladó al estómago cuando lo vio seguir de largo. Así cumplía con el mismo recorrido todas las mañanas; y ella lo esperaba y lo seguía desde la ventana. Desde ese momento, ella despertaba antes que José, cerraba los ojos y aguardaba pacientemente a que él cumpliera con su rutina y dejara el departamento, mientras cada día se acumulaban cuentas por pagar y aviso de no pago. La comunicación reducida a su más mínima expresión la impulsaba a buscar respuestas. Y ese carácter predecible pero poco revelador de la rutina, hizo que se animara a seguirlo. Lo había planificado todo para el martes. Esperaría a que saliera. A un costado de la cama, dejó un pantalón de buzo, una parka negra, un gorro de lana y guantes para el frío. Había amanecido despejado, inclusive la sensación no era tan gélida como en días anteriores. Esperó a que saliera, se vistió y se puso unas gafas para el sol, y lo siguió; pasó el primero, dejó atrás el segundo y el tercer paradero, mientras ella lo seguía sigilosamente, invadida por una sensación de adrenalina y temor, confundiéndose con el resto de la gente. Quedaba el cuarto y último paradero. Decidió meterse en un mini market. Al cerrar la puerta de vidrio y escuchar unas pequeñas campanillas doblarse, vio como pasaba por el que debía ser el último paradero y llegar a la esquina que colindaba con una plaza. Su rostro, fijo y desvelado, contemplaba lo que había sido días atrás una de tantas sospechas. El dueño del local, estático en la caja, sorprendido y extrañado, se la quedó mirando, como preguntándole si acaso iba a comprar algo. Pidió un paquete de cigarros sin filtro y un encendedor. El dueño posó sus ojos en el vientre abultado y no dejó de mirarla, mientras alzaba una mano en búsqueda del paquete. Preguntó si eran sin filtro, más que nada para confirmar que no había escuchado mal.

Se guardó las cosas en el bolsillo derecho de la parka y caminó lentamente hacia la plaza. Ella se detuvo en la esquina mientras José parecía que buscaba una banca. Se metió al centro de la plaza rodeada de árboles, por donde había una pileta, mientras ella cruzaba lentamente con las manos en los bolsillos. Avanzó unos metros y lo miró, resignado y abatido en el banco, contemplativo ante una paloma que buscaba rastros de migas de pan cerca de sus zapatos rotos y cansados. Se tomaba el reloj y se cruzaba de brazos, con la mirada fija en el pavimento. Ante él surgió una figura; sabía que era ella. La miró y Lizette le acercó la cajetilla y el encendedor. Extrañado y confundido los aceptó y le hizo un espacio. Ella lo miró encender el cigarrillo y lo abrazó.

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Francisco Rojas Vasquez

(Coyhaique, 1986)

Sociólogo de profesión, ha participado en talleres literarios de Novela con el escritor Armando Rosselot y de Cuento, con Maivo Suarez. Complementando sus actividades laborales en una consultora de recursos humanos, actualmente se encuentra trabajando en su primera novela, y publica sus relatos en Instagram, como @El_Maca_Nudo_

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